La caída del ocio nocturno y el consiguiente auge del consumo diurno están redefiniendo el mercado del vermut. Para el bartender, hostelero y productor gallego Domingo González, el reto es educar al consumidor y elevar la calidad del producto
En un sector donde nada es casual y todo está sujeto a múltiples factores, el vermut permanece instalado en una nueva edad dorada. Es como si hubiera estado a la espera, bien posicionado en el lugar y momento precisos. Un producto que siendo muy tradicional lleva unos años liderando la lista de productos emergentes. Más que de aumentos claros de volumen el análisis pasa por entender hacia dónde van las cosas.
Esta categoría del vermut y, en un sentido más amplio, de las bebidas aperitivas vive su particular fase de consolidación mundial tras resurgir en postpandemia. Los motivos del impulso, los consabidos: hábitos de consumo que giran a opciones de menor graduación alcohólica y un mayor componente social enfatizado por el fenómeno diurno. El último informe publicado por Business Research sitúa el mercado global del vermut en torno a los 21.900 millones de dólares en 2026, con previsiones de crecimiento sostenido del 4-6 % anual hasta poder superar los 32.000 millones en la próxima década.
La cultura del aperitivo, visible en torno al ritual de “la hora del vermut”, ha logrado que el vino aromatizado y enriquecido con botánicos haya dejado de ser un ingrediente secundario para convertirse en claro protagonista de la tendencia del mindful drinking y de los productos NoLo. En algo que está de moda y bien visto. Los consumidores millennials y Gen Z prefieren cada vez más cócteles menos alcohólicos, ejemplo del cambio generacional. El éxito del spritz ha reforzado el concepto tanto en hostelería como en el consumo doméstico.




