Es un hecho que la mayoría de los fenómenos relacionados con la hostelería llegan con cierto retraso a España. Pero llegan. La tendencia de la cerveza artesana o ‘microbrewery’ trasciende el mero flashazo en países como Estados Unidos, donde desde hace décadas ya es parte de la cultura de a pie. En nuestro país, sin embargo, hasta hace poco menos de cinco años nadie mantenía una conversación sobre levaduras, lúpulos, IPAs, copas tulipas y cebadas malteadas. En pleno ‘boom’ del movimiento artesano, con cada vez más número de empresas pequeñas dedicadas en cuerpo y alma a este sector netamente atomizado, queda observar su comportamiento y prever si los mimos que reciben estos néctares naturales continuarán en el futuro. Ya que nos estamos centrando en la cerveza artesana ‘made in Spain’, cabe recordar que el epicentro de su nacimiento tiene fecha, lugar y casi, si nos apuran, hasta padre. Fue aproximadamente en el año 2008 cuando el mar de cerveza industrial se empezó a tintar con los primeros brillos producidos a pequeña escala con poco más que lúpulo, malta, levadura y agua. Fue sin duda el barcelonés barrio de Gràcia el territorio en el que se puso la primera pica en Flandes -ya que estamos, la tierra flamenca es una de las más abonadas históricamente a la mejor cerveza-, y el responsable de aquello fue el desaparecido Steve Huxley. Maestro de maestros cerveceros, Huxley publicó “La cerveza… poesía líquida”. “Un manual para cervesiáfilos” que a la postre sigue siendo para sus fieles la única “Biblia” cervecera. Gracias a él, la fiebre de esta suerte de artesanía bioquímica que entronca con pasajes mitológicos se extendió desde Cataluña al resto de España, y hoy en día podemos citar etiquetas artesanas en casi cualquier rincón del país.
Antes de seguir, no debemos dejar la oportunidad de remarcar aquello de lo que estamos hablando.

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