Un hotel nace con un decálogo de valores diferencial: hospitalidad, sostenibilidad y compromiso local. Desde Oleiros, más allá de ser bonito o de enmarcar vistas perfectas al mar, Noa Boutique Hotel reescribe el lujo auténtico

Difícil resistirse al embrujo de Galicia. Algo tiene esa tierra que tira sin parecerse a ninguna otra. Desde el pasado junio cuenta con un motivo más si se anda buscando descanso y reposo, sinónimo de Noa, un nuevo ejemplo de hospitalidad bien entendida. A la gallega, pero con traducción universal.

Noa Boutique Hotel se presenta con esas credenciales, las de perfecto anfitrión, sumando varias cualidades más: sostenibilidad y compromiso local. Y es que el hotel no deja de ser consecuencia del cambio vertiginoso que ha experimentado Oleiros en los últimos años, de casi aldea de veraneo paisano al municipio que más crece en población y poder adquisitivo de Galicia. Con una legislación urbanística muy estricta, por la que se ha de destinar por cada construcción un perímetro verde o respetar un límite de alturas, Oleiros ha visto nacer con Noa un referente de la Galicia actual.

El edificio del hotel se integra, además de en el paisaje circundante -en el paseo que bordea la bahía de Santa Cruz, más allá del arenal surfero de Bastiagueiro-, en la vida social de la zona y de esta villa costera. Y lo hace, decimos, con una arquitectura de nueva planta definida por líneas rectas y marcadas similar a la de los inmuebles vecinos más modernos. Frente a estos 5.000 metros cuadrados de paralelepípedo acristalado, el islote y el Castillo de Santa Cruz, de 1595, y al fondo, a unos quince minutos, la ciudad de A Coruña, cuyo perfil tampoco cesa de cambiar. Ente medias, la ría de mareas siempre vivas.

Han sido meses y meses de obras -y una inversión de unos ocho millones de euros- para dejar a la nueva criatura en perfecto estado de revista, un cuatro estrellas independiente que, más que nunca, consigue dejar obsoleta la pertinaz clasificación administrativa. El servicio, los detalles, el alma de Noa ni siquiera es de cinco, simplemente excede toda cuantificación. Bien que lo sabe Yago López, el joven director del hotel -su madre regenta en Cariño un hotelito rural igualmente recomendable, A Miranda- y todo un visionario de la nueva cultura viajera, más centrada en los momentos que en las tablas de números. Predica con el ejemplo anticipándose a las necesidades de los huéspedes, entendiendo sus caprichos generacionales, cambiando el chip del anquilosado protocolo hotelero. Su equipo lo entiende y el cliente se beneficia en una estancia que es elevada por el factor humano. Otros tiempos que exigen otras miradas que aporten autenticidad y valor.

Puede que el huésped no sienta de entrada el esfuerzo que ha supuesto hacer de Noa un baluarte de la ecología. Algunos no notarán el mínimo consumo de agua y de papel, ni siquiera la casi ausencia de residuos plásticos, pero, aunque no detecte que las dos terceras partes del hotel funcionan por geotermia, sí agradecerá que el suelo de su habitación sea radiante. Bendito confort invernal.

 

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