La situación geográfica y la mezcla de climas de esta comunidad favorecen la producción de caldos variados y ricos con una gran producción en tintos, blancos y rosados. El 60% de la comercialización es nacional y el 40% internacional, con una posición consolidada

España es un país en el que las fiestas y las tradiciones tienen cabida durante todo el año. Cada provincia tiene las suyas propias y en todas ellas el buen comer y el buen beber son protagonistas indiscutibles. Si metemos en un caldero la tradición y el buen ambiente, junto al buen gusto español de la comida y la bebida, seguramente una de las provincias que ocupe el primer puesto sea Navarra.

En esta tierra se erigen castillos, fortalezas, mezcla de culturas y también un amplio abanico de vinos, casi todos acogidos a la Denominación de Origen Navarra. Una de las principales características que definen a esta denominación es la gran diversidad de paisajes y climas que se dan en los más de 100 kilómetros que separan el norte de la zona, situada en las cercanías de Pamplona, del sur, enclavada en la Ribera del Ebro. Y es que en Navarra se produce una situación excepcional, prácticamente única en la Península Ibérica: la confluencia de los climas atlántico, continental y mediterráneo. La cercanía del Cantábrico, la influencia de los Pirineos y la bonanza del valle del Ebro permiten esta variada climatología.

Circunstancia que marca profundamente el paisaje navarro, donde las más de 11.000 hectáreas de la Denominación de Origen se asientan en todo tipo de ecosistemas y situaciones de cultivo: laderas, riberas, mesetas, llanuras, y que definen 5 áreas de producción diferenciadas: Baja Montaña, Valdizarbe, Tierra Estella, Ribera Alta y Ribera Baja.

Según explica desde el Consejo Regulador su gerente, Jordi Vidal, en las últimas dos décadas el vino navarro inició una evolución que lo ha transformado totalmente y no ha dejado de dar sus frutos. Primero, en los años ochenta se introdujeron variedades foráneas como la blanca Chardonnay, y las tintas Cabernet Sauvignon y Merlot, que empezaron a convivir con las tradicionales Viura, Tempranillo y Garnacha (mayoritaria y gran protagonista de la zona). Variedades muy bien adaptadas a la región que, sin arrinconar el siempre vivo potencial de las uvas tradicionales, han ido a la búsqueda de una nueva expresión.

Posteriormente, en los años noventa desembarcaron “algunos expertos bodegueros trayendo nuevos aires y un revolucionario concepto enológico, al tiempo que se erigían como dignos sucesores de lo mejor de la tradición vinícola de la zona. Un fenómeno que no cesa y que se traduce en la actualidad en la incorporación de nuevas bodegas con proyectos basados en el terruño y la originalidad”, añade Vidal.

Elaboración, producción y comercialización de los vinos navarros

Desde el Consejo Regulador de Navarra, afirman que la Denominación de Origen finalizó el último ejercicio con una de las vendimias más adelantadas de su historia con un resultado excelente en una campaña que se ha desarrollado de manera satisfactoria y en la que se han recogido cerca de 60 millones de kilos de uva.

Por variedades de uva, el 90% fueron tintas y el resto blancas. En cuanto a las zonas en las que se divide el mapa vitivinícola, el 44% de la producción correspondió a la Ribera Alta, el 30% a la Ribera Baja, el 13% a la Baja Montaña, el 7% a Tierra Estella y el 6% a Valdizarbe. Respecto al año pasado, la cosecha descendió alrededor de un 27%, aunque con respecto a la media de los últimos 5 años la bajada es del 15%. El descenso superó las previsiones iniciales. “Podemos encontrarnos ante un año muy interesante para conseguir el deseado objetivo de que nuestros vinos crezcan en valor económico”, asegura el presidente de la D.O. Navarra, David Palacios.

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