Sin tanta publicidad como otras aperturas de renombre, la llegada del hotel CoolRooms Atocha ha supuesto la irrupción en el centro de la ciudad de un lujo discreto pero del todo sorprendente

Ocurre con muchas otras joyas. La discreción las hace invisibles, pero ahí están para ser descubiertas. La calle Atocha de Madrid, una arteria fundamental que merecería mejor suerte, lleva tiempo cambiando, tal vez demasiado lentamente. Otras zonas van a otro ritmo más trepidante, pero Atocha no deja de ser zona de paso, estando llena de inmuebles cargados de belleza e historia. Uno de ellos es una casa palacio de 1852 que, desde octubre de 2018, luce el luminoso de CoolRooms. Una joya madrileña ganada para la causa hotelera.  

Frente al hotel Axel y rodeado de algunos otros locales que quieren revitalizar la calle, CoolRooms Atocha es un hotel de esos que se viven hacia dentro. David Eirin, su director general, nos cuenta que cuando se compró el edificio para reformarlo de arriba abajo la primera intención fue la de abrir una pensión con más o menos pretensiones pero que acabaron dándose cuenta de que lo que tenían entre manos daba para hacer algo más grande. Al final, la empresa que se dedica a rehabilitar edificios emblemáticos para transformarlos en hoteles de lujo, como el CoolRooms Maldà de Barcelona, acabó por inaugurar un cuatro estrellas con mucho ‘glamour’.

Y es que Madrid vive su momento. Más allá del devenir de Atocha y del centro de la ciudad, el contexto es el de una tendencia imparable de aperturas lujosas. La demanda así lo acoge: imprimiendo cosmopolitismo al hotel desde su primer momento. El cliente extranjero protagoniza CoolRooms Atocha. No hay que extrañarse si un día cualquiera una pareja oriental elige el patio del hotel para su sesión de fotos de recién casados.   

Porque el escenario, a pesar de ser discreto, cumple con la normativa ‘instagrameable’, fotogénico a rabiar. Su personal mezcla de patrimonio y modernidad lo hace irresistible. La buena sintonía entre el estudio de arquitectura Antana y el interiorismo de Proyecto Singular es clave. De su morfología original permanecen inalterables elementos de protección como la fachada, incluido el portón, la escalera principal, el techo del paso de carruajes y los árboles del patio. A la entrada, una figura del Dios Hermes celebra todavía el éxito del primer propietario, Nemesio Sancha, quien fuera alto funcionario del Ministerio de Ultramar y caballero de la Orden de Carlos III. Hoy, los siete metros de altura de este noble zaguán cuyo pasadizo distribuye los espacios comunes del hotel, siguen imponiendo. A un lado, un saloncito casi testimonial. Al otro, la recepción, adornada con un precioso biombo y un carrito de bienvenida, está presidida por la escalera, con barandilla de rejería, detalles ornamentales de escayola y cuerpo de escalones de pino melis desgastados por el uso en sus primeros tramos interiores. De frente, el paso conduce hasta el jardín secreto.

 

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