La cadena Hyatt estrena su buque insignia europeo en la Gran Vía de Madrid. Un edificio de los años veinte adapta su estilo ‘Art Déco’ al espíritu ‘millennial’ de los nuevos hoteles de lujo

Asistimos a una transformación vertiginosa, la de un Madrid que a ritmo de fórmula 1 se pone al día en su planta hotelera. Si pestañeamos, nos perdemos una apertura, un anuncio, una noticia asociada al nuevo hotel imprescindible que llega o está por venir. Madrid lo necesitaba y ha pisado el acelerador. El pasado mes de diciembre, la cadena Hyatt inauguró en la capital uno de esos establecimientos que llegan para marcar el mapa urbano de alojamientos lujosos, pero también el de lugares que hay que conocer siendo madrileño o, bueno, sí, ciudadano del mundo. La cadena Hyatt ya contaba en la Gran Vía con otro hotel, uno ciertamente al uso. Sin cruzar de acera, algunas manzanas más allá, decidió instalar por primera vez en España su marca ‘lifestyle’, Hyatt Centric, con la idea de convertir al nuevo emblema en el buque insignia de dicha marca en toda Europa. Un edificio histórico bien blanqueado sirve de sede imponente al nuevo Hyatt Centric Gran Vía, un hotel nacido para que la clientela con mentalidad ‘millennial’ haga de él su fondo de pantalla. 

Así cambia el mundo viajero. A esa velocidad se adaptan los hoteles, esos contenedores de vidas que parecen estar siempre en crisis de modelo pero que ahora más que nunca marcan tendencia universal entre un público (moderadamente) joven. Un Hyatt Centric pasa por cumplir ciertos requisitos: ser céntricos -para no perderse la acción-, sociales, funcionales, locales y tecnológicos. Es la lógica que se adecúa a la transformación turística de un mercado global que en este 2018 se deja ya notar. El viajero deja de ser turista -o, al menos, quiere él creer eso- para pasar a ejercer de explorador de puntos calientes, de tendencias urbanas, de secretos más o menos accesibles. Un hotel como Hyatt Centric Gran Vía Madrid puede dar cabida a este espíritu ‘millennial’ de un huésped que flexibiliza la estancia (más cortas, en temporada baja, ‘bleisure’…), que demanda experiencias personalizadas que refuercen su “marca personal”, que casi exige un ejercicio de inmersión en la cultura local, que quiere sociabilizar e interconectarse sin salir del hotel, pero que tampoco rehuye el factor personal que le haga sentirse especial.

Al entrar bajo la pérgola transparente del hotel, el visitante se introduce en una sucesión de espacios tan artificiales como reconocibles. Para todo aquel que hace de ellos su día a día, claro. El ‘lobby’ -social, ya hemos dicho- se abre primero a una pecera que deja ver una gran mesa de madera y una pared muestrario de objetos (botellas, viejas radios, vinilos, libros) entre los que destacan varias pantallas que reflejan de qué va este encuentro. Junto a esta sala, una Selfie Room se convierte en la mejor metáfora del Hyatt Centric Gran Vía. Al estilo de otras propuestas anteriores vistas en otros hoteles pioneros (fotomatones, por ejemplo), este rincón espejado y lleno de bombillas reclama su ‘clic’ antes de pasar a Instagram. Un Hyatt Centric Gran Vía para cada huésped, por tanto. Ese es el juego, compartir la experiencia para construir el relato del hotel, su propia ‘story’.

Superado este preámbulo tan definitorio, la atención se centra en la gran escalera enroscada estilo art-deco y en un primer mostrador dedicado al servicio de ‘concierge’ y anfitrionía. Es en esta suerte de bienvenida en donde se prolonga buena parte de la identidad del hotel. Los mayordomos clásicos dejan paso a los anfitriones locales; una figura, la del ‘host’, que sirve de intermediario para acercar la ciudad al huésped. Una vez “aterrizado”, ya puede moverse a sus anchas por esta planta baja que sin barreras se va abriendo a los ascensores y al resto del hotel común, vestido sofisticado en clave nocturna. Hasta que la recepción propiamente dicha se localiza al fondo, en un lateral que da a la fachada menos principal pero que se aprovecha de una mayor comodidad de acceso a la calle si hay que descargar equipaje. Un par de pequeños módulos para formalizar el registro encajan por su estética retro con la atmósfera de ‘jazz ‘años 20, fecha del inmueble, que destila todo el hotel. Allí un personal, esperadamente jovencísimo, se revela solícito para terminar de encauzar la llegada.

Leer el artículo completo en la revista