Fuera del circuito turístico de Barcelona, el hotel Sofia se desmarca también por su impresionante presencia. Un rascacielos lleno de lujos, sorpresas gastronómicas y un sinfín de detalles de alto confort

La elección de un hotel es multifactorial. Por eso no siempre a un establecimiento le resulta fácil cubrir todos los perfiles, las expectativas o los deseos. Se suele imponer una única personalidad concreta, ajustada a un tipo de cliente. Sin embargo, hay hoteles que son capaces de ampliar su tarjeta de visita y salir airosos. ¿Un hotel de negocios y al mismo tiempo de teatralización ‘lifestyle’? No hay por qué ser gris o aburrido si la función es acoger un congreso o simplemente recibir a un huésped que está de paso sin más compañía que la de su maletín. Además, si los modelos de viajeros van cambiando, los hoteles no deberían quedarse atrás. Han de adaptarse. Y justo el hotel Sofia ha sabido encontrar ese punto intermedio que cumple con intereses compartidos. Un hotel ‘business’ y un hotel para divertirse o para salir por la ciudad sin ni siquiera tener que dejar el edificio. Menudo logro para el que sus promotores definen como resort urbano, un hotel que regresó a la Avenida Diagonal de Barcelona con la aspiración de convertirse en un punto de encuentro social. Estilizado hasta lucir como un cinco estrellas Gran Lujo, el Sofia es capaz de envolver al huésped en un halo de sofisticación. 

Hay cosas que funcionan bien en el hotel. Esa búsqueda de exclusividad, de hacerle las cosas fáciles al recién llegado e incluso de hacerle sentir como un urbanita con estilo y no como un extraño en el gran lío de la urbe, de relajarlo y de ofrecerle un servicio de gran nivel. También se deja notar el entender la gastronomía no como un simple complemento del hospedaje o el demostrar que su ‘spa’ es realmente eso, un ‘spa’ y no una instalación más para salir del paso. 

Ya la ubicación orienta al que llega. Una Barcelona de zona alta y de gente bien que apenas se asoma al interior ni a su cara más dedicada al ‘souvenir’ salvo por el paso motorizado junto al estadio del Camp Nou. Nada más vislumbrar la gran rotonda que es la Plaça de Pius XII, el edificio que antes albergó el hotel Princesa Sofía se yergue poderoso ante el desembarco del equipaje. Las puertas de cristal dan paso a un hotel, podríamos decir, muy consciente de sí mismo. El ‘lobby’ se abre inmenso en varios niveles. Este atrio coronado por espejos fragmentados ayuda a conceptualizar el espacio como un lugar que redirige todos los pulsos del hotel. De frente, varios mostradores, uno para llegadas habituales y otro para grupos, resuelven el trámite del registro; un escritorio más se encarga de los servicios auxiliares: a un costado, el rincón de espera y de trabajo; al otro, el acceso a las distintas instalaciones gastronómicas y los ascensores para enfilar las habitaciones. Puede abrumar de primeras, pero el personal no deja que el recién llegado se pierda ante tanto estímulo inesperado. Al final todo acaba fluyendo y unas breves explicaciones permiten en seguida tomar el control de la situación. Entre chispazos de modernidad, el hotel Sofia ya es del huésped. 

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