El mercado del agua mineral embotellada ha crecido un 4,5% en 2017, alcanzando los 5.800 millones de litros vendidos. Aunque pueda parecer una cifra muy elevada, supone sólo el 0,03% de los recursos acuíferos de nuestro país

Hace ya tiempo que los expertos gastronómicos tienen claro que no todas las aguas son iguales. Y el público en general, también. Se le exige a ese misterioso líquido transparente, que nos da la vida, una serie de requisitos de calidad, mineralización, facilidades de manejo y hasta un ‘packaging’ diferente. Todo vale para que la gente descubra un sabor o un valor único que distinga a la marca del resto.

Sin embargo, la Asociación Nacional de Empresas de Agua de Bebida Envasadas (ANEABE) recuerda que las aguas minerales son un producto alimentario regulado por una legislación específica y distinta de la relativa a las aguas de consumo público y que las dota de un control especial. Lo que quiere decir que este tipo de aguas nada tienen que ver con lo que sale del grifo cuando lo abrimos. Su composición, control y hasta competencia es muy distinta. Podríamos decir que son dos productos complementarios pero diferentes pese a constituir la base de la vida.

La propia asociación de aguas envasadas aclara que estas aguas son de origen siempre subterráneo, por lo tanto, muy puras en su nacimiento y con una composición mineral constante que se mantiene a lo largo del tiempo, independientemente de cuándo y dónde se consuma. Es decir, pese a la labores de recogida y envase, estas aguas no reciben ningún tratamiento químico especial que altere su composición natural en ninguna de las distintas fases del proceso de envasado y comercialización.

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