Encanto morisco

Siempre nos gusta pensar que hay hoteles que se parecen a las ciudades en las que se asientan. Como fieles embajadores de una tierra y su cultura, deben ejercer el papel de anfitrión con la responsabilidad de fijar en la mente del invitado la mejor imagen posible que le acompañará una vez emprenda el camino de vuelta. A veces, al huésped casi no le da tiempo a reconocer con suficiencia el destino al que llega y el sabor de boca que le queda es la impronta del hotel en que ha pasado una simple noche. “¿A qué te recuerda aquel viaje?” “Al hotel en el que dormí.” De ahí la importancia de cuidar hasta el último detalle, de no dejar nada en manos de la peligrosa inercia, de recrear experiencias únicas a cada momento. Sevilla es una ciudad cargada -sobrada, podríamos decir- de emociones. El hotel Corral del Rey se aprovecha y las concentra en su pequeña casa palacio para que el que llegue no lo olvide fácilmente. De ahí que sea un hotel que suele gustar casi más al huésped de fuera que no está tan familiarizado con el día a día de nuestra hospitalidad pero que anda buscando precisamente abrirse a los códigos de la cultura cañí. No está mal la idea: una Sevilla sin casi tener que salir a ella. Casi, cuidado, porque las puertas del hotel están siempre abiertas para (re)descubrirla. Sevilla, como el Betis, es mucha Sevilla. Si sale el nombre de Benchamark Capital tal vez no se caiga en su relevancia, pero si al grupo hotelero le ponemos las caras de los hermanos Anthony y Patrick Reid Mora-Figueroa, tal vez asome un hilo de luz. Hermanos anglo-españoles, ambos son de sobra conocedores de la hotelería de pequeño formato. Si uno empezó andadura en los clubes privados de Londres, el otro lo hizo en Abercrombie & Kent, dirección África. El padre, para más antecedentes, ocupó un puesto de alta responsabilidad en referencias tan ilustres como Mandarin Oriental, Shangri-La y GHM. Las credenciales hablan por sí solas como para dudar sobre su experiencia en el mundo del lujo. Más cuando recordamos que los Reid son propietarios de Hacienda de San Rafael, un antiguo molino aceitero del siglo XVIII camino de Las Cabezas de San Juan convertido en 1992 en un futuro veterano de la hospitalidad campestre de categoría. No muy lejos de allí y confiados a su buena reputación, inauguraron en septiembre de 2007 algo diferente pero aferrado a parte de las claves que les habían encumbrado. Pasar del campo para adentrarse en la ciudad sin tampoco dejarse seducir por los cantos de sirena del efectismo sino más bien seguir en la línea del encanto vía hotel ‘boutique’. Comenzaba la historia de Corral del Rey.

 

 

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