Se ha hecho esperar pero el Riu Plaza España por fin abre sus puertas. Un cuatro estrellas que va más allá de su categoría y prestaciones, pues cuenta con el aval de su icónico edificio al final de Gran Vía y una atracción insuperable: las mejores vistas de la ciudad

Si la inauguración de un hotel siempre es un hecho noticiable y un motivo de generación de expectativas, pocas pueden estar a esta altura. Literalmente. La vuelta a la vida del edificio España supone una doble activación: por un lado, avanza con un nombre reconocible en la imparable renovación del parque hotelero del lujo en Madrid; por otro, dota por fin de una función a un inmueble emblemático que llevaba una década sumido en el abandono y el desconcierto. Tras polémicas, cambios de propietarios y amenazas de demolición, este hito de la ciudad resurge como Riu Plaza España

Hotel de RIU Hotels & Resorts desde 2017, mucho ha pasado desde que se abriera en 1953 el hotelito mallorquín con el que la marca echara a andar de la mano de Juan Riu, primera generación de la saga hotelera. Hoy suma 93 hoteles y está en manos de la tercera generación con Carmen Riu Güell y Lluis Rui Güell como consejeros delegados. Llegó la expansión de la cadena en Canarias, la internacionalización en los años noventa, las aperturas en Nueva York y en Sri Lanka… Pero la llegada de este hotel marca sin duda un punto de inflexión.

Sin andamios ni toldos, las fachadas lucen impecables desde este pasado verano. Si bien los bajos comerciales aún no están del todo operativos, el torrente social que define a todo hotel ya recorre el que es el octavo edificio más alto de Madrid, con sus 117 metros de altura. Un mastodonte icónico, de perfil interiorizado en la imaginación colectiva gracias a la obra finalizada en 1953 por los hermanos Otamendi, los mismos de la vecina Torre de Madrid. Su valor arquitectónico como exponente de la arquitectura del siglo XX, en un estilo neobarroco de rígida simetría, siempre ha sido objeto de discusión. Su relevancia sentimental parece incuestionable. Y ahí es donde puede empezar a gestar el éxito de este cuatro estrellas la cadena Riu.

Porque, aunque a la postre además de las consabidas fachadas de piedra y ladrillo, con sus molduras y pináculos, se hayan protegido otros elementos decorativos y estructurales, una clave parece estar en su puesta en escena interior algo nostálgica y que recuerda al ‘glamour’ de los años cincuenta. No es el único que lo hace últimamente. Pero, tras el rápido análisis visual de fuera hacia dentro, el Riu Plaza España acaba revelándose como un hotel en el que el único protagonista de verdad es Madrid. El huésped pasa por el ‘lobby’, pero el visitante -el hotel ya es una atracción más- enfila directamente una entrada paralela para recorrer en segundos las 27 plantas hasta tocar el cielo. Antes deberá abonar cinco euros de entrada, el precio de coronar y conocer algo que antes fue privilegio de pocos. Hay muchas terrazas en la ciudad, cada vez más y muy cerca de aquí, pero ya no hay rival que valga. El Riu Plaza España es un hotel que es todo vistas.

De nuevo a ras de calle, mientras la misma Plaza de España se ve inmersa en unas obras que afean el conjunto, la marquesina del edificio al menos embellece la llegada. El ‘lobby’ de reluciente mármol se resuelve en tres actos a la antigua usanza: a izquierda, la recepción presidida por bajorrelieves originales de inspiración grecorromana; a derecha, el bar, cómodo y funcional lo mismo para una copa que para una espera, o ambas cosas a la vez; de frente, el paso a los ascensores (seis en todo el hotel) restringido a huéspedes que enfilan sus aposentos bajo una lámpara de 300 piezas de cristal verde, en realidad una instalación artística de Aba Art Lab bautizada El Laurel, árbol consagrado a Apolo que simboliza la protección del lugar, conmemora el esfuerzo del trabajo llevado a cabo en el hotel y que recuerda los 300 pináculos repartidos por las azoteas.

El hotel, ya vemos, también es cuestión de cifras. Las 27 alturas, los seis elevadores, las 17 salas de reuniones con capacidad para 1.500 personas en sus 3.000 m2, o las 585 habitaciones que lo contienen. Además del gimnasio abierto 24 horas, los huéspedes se reservan la suerte de disfrutar en exclusiva de una piscina exterior que no escatima tampoco en vistas al instalarse en la planta 21. El desayuno bufé y con estaciones de ‘showcooking’ se localiza en la cuarta. Se echa de menos un restaurante con una propuesta gastronómica sólida y atractiva que termine de situar al hotel como referencia. Además del mencionado bar de hotel en la zona de vestíbulo, queda únicamente dar cuenta de la terraza. Pero antes del plato fuerte, sin necesidad de un piscolabis siquiera, un hotel se debe a su descanso.

Leer el artículo completo en la revista