Acostumbrados a su momento de sobremesa, los vinos dulces empiezan a tomar un vuelo que les permite reivindicar su exclusividad. Viejos y concentrados, pero también frescos y más ligeros elaborados con uvas históricas, aspiran por calidad a ocupar una posición sentimental que no les limite sólo a cerrar un banquete por Navidad

Reducir su presencia a meros “vinos de postre” no hace justicia al patrimonio que representan muchos de estos embotellados. A pesar de mantenerse en una escasa producción, del pequeño trozo del pastel que supone su volumen en la gran tarta del vino español poco a poco va empezando a reclamar su posición como categoría de prestigio. Justo ahora cuando parece cubrirse el mapa de su lágrima concentrada, más allá de los viejos jereces. Ahora son muchos los ejemplos de pequeños, o no tan pequeños, productores que extraen en otras zonas menos habituales el jugo dulcificado de uvas muy relacionadas en origen con el terruño. De la Monastrell mediterránea a la Moscatel lanzaroteña, la conexión sentimental es un valor en sí mismo. Así se rompe cierta lógica tradicional que resumía el mundo del vino dulce al consumo generacional en el norte de España y a la crianza de tesoros enológicos en el sur. 

Los vinos dulces son criaturas delicadas y vivas que se miman con especial esmero. Tal es su vínculo con la tradición que mantienen la esencia extraída por los métodos de siempre, ancestrales y artesanales, mientras ya incorporan la mecanización tecnológica con la que entran en una nueva era estratégica. Aparece la innovación y con ella otros métodos de producción que abren el consumo a vinos más frescos y menos sobremadurados. Siguen estrechamente definidos, eso sí, de tan naturales que son, por el calor y el frío, por las condiciones climáticas de cada año, y por el paso del tiempo. 

El informe Panorama actual y perspectivas del sector vitivinícola 2017, elaborado por EAE Business School, ya señalaba que del volumen total de vino consumido según la declaración de los propios consumidores españoles, apenas el 1,8% correspondía a vinos de Jerez y vinos dulces. Si el 72,9% corresponde a vino tinto o el 6% a espumoso, el dato es suficientemente significativo para hablar de porcentaje algo residual. 

 

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