Quiso una artista que a dos kilómetros de Llanes, en la localidad de La Pereda, se diera un paso hacia la revolución del turismo rural en Asturias. Entre el azote del Cantábrico y el muro pétreo de los Picos de Europa, Emma Fernández Granda, artista plástica nacida en Gijón pero afincada en Madrid, apostó por volver a sus orígenes. Su arrojo fue pretender un proyecto diferencial en el que pudiera crear y colgar sus obras. Espíritu innovador. También razón sostenible de su quehacer artístico el querer incluir un hotel en semejante ecuación. Nada menos que un hotel arquitectónico de cinco habitaciones, que en realidad funciona nada más que como una de las partes de un todo formado además por su estudio y su residencia personal. En esta búsqueda halló una finca de 8.000 metros cuadrados, una vistosa pradera rodeada de un frondoso paisaje vegetal, con la sierra del Cuera de testigo. Imponente testigo de fondo, barrera kárstica paralela al mar.
Hay algo de poesía en este proyecto. Algo o mucho. Como el nombre, una evocación de una tarde lluviosa durante la construcción del hotel en la que a Emma le pareció que del cielo caían claveles. La inspiración llega cuando y de donde menos te la esperas. De paso, Emma se dispuso a acabar con los esquemas un tanto decimonónicos del panorama urbanístico asturiano. Para ello, y en la lógica de su entusiasmo por la arquitectura, el trabajo del estudio de Víctor Longo y Esther Roldán -jóvenes y de la tierra-, a la postre merecedor del Premio Asturias de Arquitectura 2012 y por el que la prestigiosa revista Monocle hizo un hueco especial en su monográfico sobre España en aquel mismo año. Acontecimientos de gran relevancia bien aprovechados para la agitación de la zona, en el marco de la costa oriental asturiana y en el que la gente cree atisbar una suerte de objeto no identificado camuflado entre bosques atlánticos y niebla fina.

 

 

Leer el artículo completo en la revista