Dicen que todos tenemos nuestro destino marcado y que, tarde o temprano, los derroteros de la vida nos guían hasta nuestra misión final. Cierto o no, la historia de Jeroni Castell con la cocina cumple totalmente este patrón y nos obliga cuanto menos a reflexionar sobre esta idea. “Fue un cúmulo de casualidades, nada vocacional ni premeditado”, asegura Jeroni, cuyos comienzos estuvieron ligados a un negocio familiar de supermercados. Más tarde, montó un negocio de ‘pollos al ast’ en Peñíscola, y a continuación sus hermanos y él decidieron coger el restaurante de Les Moles en Tarragona, que había sido regentado por diversas manos, para montar un servicio de ‘Catering’. Este paso fue la siembra para que Jeroni se convirtiese en un consolidado chef.
Mientras sus hermanos y él esperaban una licencia, que no llegaría nunca, para ofrecer ese servicio, acordaron abrirlo como restaurante al uso. Pues bien, según cuenta Jeroni, los hechos que acontecieron ocurrieron así “una noche el cocinero se puso enfermo y como yo ya había realizado algunas labores relacionadas con el sector anteriormente, me metí en la cocina para cubrir su puesto. A los pocos días, el cocinero volvió y yo regresé al cargo que ocupaba como jefe de sala; pero al cabo del tiempo mis hermanos dejaron el negocio, el cocinero se marchó definitivamente y como a mi ya me había picado el gusanillo por cocinar, me quedé al mando del local”. Con estas palabras, Jeroni resume el proceso que vivió para encontrar la profesión que desempeña ahora. A partir de este momento, acompañados de incertidumbre pero con mucha ilusión, Jeroni se encargó de la cocina y su mujer, Carmen Sauch, de la sala, “teníamos que buscar nuestra propia identidad”, afirma el chef.

 

 

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