Reglas, sutilezas, polémicas y ‘highballs’. Para entender lo que rodea al whisky japonés y de cómo beber un destilado con discurso propio, hablamos con el experto Roger Rueda. Como todo lo de Japón, hay que saber traducirlo
Parece imposible que Japón haga algo que no sea muy japonés. Por mucho que partiera de una copia traída directamente desde Escocia hace más de un siglo.
Importado su método de destilación y envejecimiento por el entonces aprendiz Masataka Taketsuru, el whisky japonés tardó tiempo en fascinar al bebedor occidental y en extenderse como objeto de culto. Pasaron décadas de asentar conocimientos técnicos, de alianzas y enemistades que dieron pie a las grandes casas Suntory y Nikka, de perfeccionar el estilo ‘blend’ y de refinar la adaptación al gusto local en un sistema proteccionista.
Todo cambió en 2001 cuando Whisky Magazine otorgó el Best of the Best a Single Cask Yoichi 10 (el 2º puesto fue para otro whisky japonés, un Hibiki 21). Las dos destilerías rivales en lo más alto del mundo, el punto de inflexión para dejar atrás la crisis de los años noventa e iniciar una edad de oro que todavía perdura (el film ‘Lost in Translation’ y la coronación del Yamazaki Single Malt Sherry Cask 2013 en la Whisky Bible de Jim Murray la apuntalaron).
El whisky japonés entró en una dimensión inédita: su consumo global, hasta entonces residual, disparó su cotización. Los límites de la categoría se estiraron tanto que la producción empezó a no dar de sí. Estos problemas de discontinuidad, de que Japón se quedara sin existencias (se empezó a ofrecer whisky sin edad), provocaron anomalías como la de vender como japonés un whisky importado (destilado en Escocia o Canadá) pero embotellado, eso sí, en el país. Algunas peores, consecuencia de aprovecharse de un marco legal muy permisivo amparado en la búsqueda prioritaria de la excelencia por encima del origen y de los procesos. Se trata de un país centrado históricamente en el arte del ensamblaje, orgulloso de mezclar su whisky con el escocés.




