La tradición es divertida

El bar Candela Bravo apareció como una vuelta a la taberna castiza de Madrid con una coctelería tradicional pero desenfadada. Los ‘bartenders’ de Bareto actualizan la nostalgia con cócteles de aperitivo y jarreo

La nostalgia es uno de los motores de la postmodernidad. Es por ello por lo que surgen en ciudades como Madrid tantos bares y sucedáneos de tabernas que buscan rescatar una atmósfera pasada, ser la tasca de ayer. También ocurre con la coctelería. Se mira atrás para recordar grandeza, se vuelven a venerar a los clásicos y se disfrazan los gestos. Candela Bravo podría encajar en esa tendencia llevando su propuesta al casticismo. 

En la frontera sur del barrio de Las Letras, frente a Jesús de Medinaceli y el Palace, en un entorno de cervecerías chulapas y platos de cocido, Candela Bravo pretende dar una vuelta al bar de viejo. Con modos a la antigua, hasta con posavasos de ganchillo, pero sin serrín ni olor a fritanga. 

La idea de montar este tipo de bar surge de una confluencia. Por un lado, los creadores de Ciriaco Brown, con Goyo Solórzano al frente. Por otro lado, Enric Rebordosa, socio del Grupo Confitería (Paradiso, Dr. Stravinski), quien había sentido un “flechazo” por Madrid. La unión de ambas partes acaba por ser Familia Brown, sociedad que arranca fusionando el mundo de bar más propio de Goyo con el del cóctel de Enric. 

El lugar acaba por encajar a raíz de que la dueña del bar Los Gatos quedase prendada de Ciriaco y propusiera a Goyo entrar en su local para embellecerlo. “La idea era montar la coctelería del barrio”, nos cuenta el propio Solárzano, más especialista en la gente que en los cócteles, y desde los dieciséis años trabajando en la noche. “Sin ponernos con el nitrógeno líquido, hacer una cosa mucho más sencilla”. Un bar para que los vecinos fueran a tomarse su gilda con vermut, aunque sea a partir de las cinco de la tarde. De hecho, entre semana se hace más hueco en el tardeo, mientras son sábados y domingos los días propios del aperitivo cañí. La clientela suele ser veterana, pero puede hacer tilín a quien le gusta lo clásico, y por supuesto al turista que quiere faralaes. 

Candela Bravo necesitaba ser ese bar, por lo que repiten con Alfonso de la Fuente, del estudio Pichiglás, como decorador. Una enorme barra de zinc preside el local a lo largo, algunas mesas altas se separan de ella, y una mezcla ecléctica de memorabilia cuelga de las paredes haciendo referencia a licores antiguos y a piezas que recuerdan al Madrid de antes. 

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