Describir un viaje a Guatemala es imposible, la belleza de este país y la amabilidad de su gente, te empapa desde el momento en que desembarcas del avión. Si a esto le unes una visita a I.L.G. (Industrias Licoreras de Guatemala), donde realizan el maravilloso ron Botran, se multiplica por cien el interés del viaje. En el año 2013 realicé una certificación de calidad de I.L.G.; esta empresa nace gracias a los hermanos Venancio, Andrés, Felipe, Jesús y Alejandro Botran, hijos de Andrés Botran García, que se alejaron de su nativo Burgos (España), para embarcarse en un sueño. Ellos fundaron la Industria Licorera Quezalteca ubicada en el Occidente de Guatemala y, donde a principios de siglo, con otras familias pioneras dieron inicio a lo que hoy es Industrias Licoreras, con una destiladora de alcoholes y rones, una distribuidora de licores y cuatro plantas embotelladoras estratégicamente situadas.
Industria Licorera Euzkadi, en Nahualate (Costa del Pacífico), Industria Licorera Quezalteca, (Occidente) y Licorera Zacapaneca, en Zacapa (Oriente) conforman lo que hoy se conoce como Industrias Licoreras de Guatemala, productora de ron Botran.
Al día siguiente de llegar a Guatemala, pude visitar el complejo central, ubicado cerca de la capital guatemalteca, sede de las oficinas, laboratorios, planta embotelladora y almacenes de distribución de Industrias Licoreras de Guatemala. Asimismo, comprobé los altos conocimientos y preparación de todos sus empleados en la elaboración del ron. Unas instalaciones inmejorables confirman la calidad y el cumplimiento en las normativas de calidad del I.R.C.
A mi llegada fui atendido por la gran maestra ronera Lorena Vasquez, y en su despacho, pude comprobar muestras del mismo ron, con los mismos años, y uno de ellos añejado a nivel del mar, el otro, donde se añeja ron Botrán. El primero, además de un color oscuro caramelo, presentaba muchas notas de madera debido a la oxidación acelerada al añejarse al nivel del mar; el segundo, tenía color ambarino, era suave y sedoso, muy elegante, con presencia mínima de madera, muy sutil en boca, y añejado a 2.300 metros de altitud, lo que pude comprobar algunos días más tarde tras volar en helicóptero a las naves de envejecimiento, situadas en Quetzaltenango.
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