Un proyecto de Elena Montiel y Francisco José Fossati que derrocha pasión culinaria brindando platos con arraigo en las tradiciones y adaptados a la actualidad de hoy, que también pasean por cocinas del mundo, como la mexicana o la asiática

Podríamos decir que en el año 2007 llegó la revolución gastronómica a Villallano. Una pequeña población palentina, cerca de Aguilar de Campoó, que sitúa su espacio geográfico en el mapa culinario español con menciones en prestigiosas guías como la Michelin, la Gourmetour (Guía Gastronómica y Turística de España), o el sello de Club de Calidad de Alimentos de Palencia, de la Diputación de Palencia, que posee.  

Todo ello es gracias a la labor que desempeñan cada día Elena Montiel y Francisco José Fossati, junto a su equipo, en el Restaurante Ticiano, ya que tal y como comenta Elena durante el transcurso de nuestra agradable conversación, “somos cinco personas y hacemos piña para sacar todo el trabajo adelante”. 

Elena y Francisco José se habían fraguado una extensa y dilatada experiencia en el campo de la hostelería tras su paso por importantes establecimientos de nuestro país, y un buen día decidieron que querían dar un nuevo rumbo a sus vidas y estar más en contacto con la naturaleza. Así, con la fuerza del deseo, la pasión por la gastronomía, la fuerte creencia en su proyecto y las ganas de hacer muy bien las cosas, cambiaron la urbe madrileña por una pequeña localidad castellano leonesa, con la mayor de las ilusiones en su equipaje. “Cambiamos el centro de Madrid, Opera, por Villallano, que es casi una aldea, con pocos habitantes y escaso tránsito de personas. Pero apostamos por el pueblo porque creíamos que haciendo las cosas bien seríamos capaces de atraer gente al restaurante. Además, estamos en un sitio privilegiado, en plena naturaleza, y más ahora en tiempos de Covid-19, queríamos disfrutar de las cosas que ofrece el pueblo, como escuchar a los animales, hacer senderismo, montar en bicicleta…, afirma. 

La patria chica de Elena Montiel echó un pulso a la capital y salió ganando. Siguió el impulso de sus raíces. “Aunque yo soy de la Valdavia y Francisco José de Valladolid,  mis padres han nacido en Villallano y yo tenía mucho arraigo familiar con esta población; de hecho, el restaurante lo montamos en un local que fue una cuadra que tenía mi abuelo. La rehabilitamos y abrimos el restaurante, es un sitio muy acogedor y bonito”, detalla. 

Un lugar encantador con reminiscencias de lo que fue su destino anterior, pero con un estilo muy actual. El restaurante está dividido en dos alturas, en la planta baja, lo que en su día fue la cuadra, está el bar, la cocina y la zona de despensa y, en la de arriba, el pajar años atrás, hoy está el comedor. El suelo es de madera, al igual que el techo, del que cuelgan lámparas de cristal de Murano. Las mesas combinan el hierro con la madera de roble, y las sillas también son de hierro y se encuentran tapizadas con una tela clásica. “Un clásico con toques de diseño”, como expresa su anfitriona, que se encarga de la sala del restaurante.

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