Julio Reoyo es un hombre sencillo. Al igual que lo es su cocina, de la que se declara enamorado sin ningún rubor. ¡Como debe ser! “Mi vida es la cocina, me apasiona”, afirma este chef vallisoletano de nacimiento, que creció en el pueblo madrileño de Colmenar de Arroyo. Su vocación no es herencia familiar, ni un sentir a temprana edad, sino que fue capricho del destino. “Vengo del mundo de la administración local. Fui secretario del Ayuntamiento de Colmenar de Arroyo. Pero un buen día, monté un negocio de hostelería y el cocinero que tenía se marchó de repente, y tuve que ocupar su lugar por obligación. No tenía ni idea de cocina, pero tuve la suerte de tener a mi lado una persona que sabía del oficio, que fue quien me enseñó. Enseguida me di cuenta de que me gustaba cocinar, y empecé a interesarme por leer, visitar, probar a realizar platos que quería y a cambio recibía críticas, buenas o malas, pero siempre constructivas. Un aprendizaje duro, pero muy bueno”, explica Julio.
Así inició un camino que le depararía grandes logros en la profesión, centrado en realizar una cocina de sabor. “Me gusta el arte en casi todas sus facetas, y por ello la estética en un plato me atrae, pero lo esencial es el sabor. Un plato sin sabor no tiene sentido para mí. De hecho, me refugio en la casquería porque me ofrece el mismo sabor de antaño, algo que ya no es fácil de encontrar salvo contadas excepciones”, puntualiza el chef.
Julio Reoyo en su “casa de comidas”, como a él mismo le gusta definir su establecimiento, El Mesón de Doña Filo, viene organizando desde hace 15 años jornadas de casquería durante dos semanas cada anualidad. No obstante, a pesar de que siempre se puedan degustar unos buenos callos para complacer la demanda de su clientela, y de que su producto fetiche sea la lengua de ternera -como comenta Julio-, su cocina no lleva la casquería como estandarte.

 

 

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