Los vinos tintos Reservas son siempre vinos especiales y a los que hay que acercarse sin prejuicios pero con la certeza de estar ante caldos que cuentan su propia historia. En España, y en buena parte del mundo, la consideración Reserva atañe a vinos que han tenido un periodo de guarda superior a la de los crianza, aunque menor a la de los grandes reservas. Para zanjar la definición, y de acuerdo al Consejo Regulador de la Denominación de Origen Calificada de Rioja, probablemente la denominación pionera en esta precisión, los vinos de categoría Reserva son vinos tintos cuyo periodo de envejecimiento debe ser de al menos 36 meses, con un período mínimo de 12 meses de permanencia en barrica. Se comercializaría, por tanto, en su cuarto año. Estas consideraciones temporales varían en el caso de blancos y rosados, y se ajustan por lo general a lo establecido por otras denominaciones como las de Ribera del Duero o Navarra. La descripción de este ciclo implica unos cánones de consumo también particulares. Los vinos tintos Reservas requieren una oxigenación, un maridaje y una temperatura de servicio diferentes a otros vinos. Esta complejidad, intrínseca del propio caldo, seduce a consumidores expertos con paladar acostumbrado. Son vinos para regalar, para enseñar, para presumir, para compartir. Aun así, el disfrute no entiende siempre de aprendizajes. Eso sí, son las ocasiones más especiales las solicitadas para brindar con estos Reservas, vinos también con mayor consumo estacional, centrado sobre todo en los meses de invierno y la época de Navidad. El consumidor habitual se concentra en una franja de edad comprendida entre los 35 y los 55 años, con un nivel adquisitivo medio y medio-alto.
La coyuntura de crisis económica no ha favorecido en el pasado reciente a la tendencia de ventas de estos vinos Reserva, en especial en el canal Horeca.
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