Oda al mar. Isaac Loya celebra en 2026 el 35º aniversario del restaurante Real Balneario Salinas

Isaac Loya celebra en 2026 el 35º aniversario del restaurante Real Balneario Salinas,
con una cocina más personal, depurada e íntima, donde el pescado y el marisco
son los verdaderos protagonistas

Al cruzar las puertas de Real Balneario Salinas, situado en la misma playa que le da nombre, el comensal puede entender a la primera que aquí no hay florituras ni hipérboles, que se cuidan los detalles como se ha hecho toda la vida, sin sucumbir a las tendencias de la alta restauración moderna. La cocina y servicio clásico son señas de identidad de este restaurante capitaneado por Isaac Loya (Avilés, 1979), segunda generación de hosteleros dedicados con alma al oficio. A punto de celebrar su 35º aniversario, visitamos el restaurante, galardonado con una estrella Michelin desde 2005, donde se refuerza la mirada al Cantábrico como despensa esencial y conexión con el territorio. Este restaurante se asienta sobre un antiguo chalet que formaba parte  de las instalaciones del balneario de aguas marinas, inaugurado por S.M. Alfonso XIII en 1916. Fue un bar de playa muy popular hasta que su padre, Miguel Loya, tomó las riendas del negocio en 1991.

La vinculación con la gastronomía era un hecho incontestable en la vida del chef, pues ya sus abuelos regentaban el restaurante San Félix, en Avilés. Ahí nació una de las recetas icónicas que mantiene hoy en día: la ‘Lubina al champagne’. “Siempre discutían a ver quién la había creado, si mi abuelo o mi abuela. Mi padre se trajo la receta aquí y seguimos haciéndola. Hay mucha gente que viene expresamente a comer este plato y muchos no pasan de ahí, no prueban otras cosas”. Esta receta la ha matizado, como tantas otras elaboraciones de pescado, desde que su padre estaba al mando del restaurante. La transformación de una generación a otra, en palabras del chef, ha sido muy dura. “Cuando empecé trabajando en sala, íbamos muy bien, pero cuando entré en la cocina y empecé a hacer cosas nuevas, fue una guerra. Era la época en que empezaron los pescados confitados, fuera de tanta plancha, y empezaban a moverse los pescados crudos. Mi padre no me colgó de un árbol o me mató porque no quiso Dios. No sé como lo aguantó, la verdad. Tuvimos unos años duros con ese tema. Pero luego tuve la gran suerte de poder evolucionar”. 

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