Hablamos con la ingeniera química Dara Santana sobre cómo jugar en la mesa con un ingrediente como el agua mineral. La canaria nos da algunas claves para conocer sus propiedades y distinguir su sabor
La visión del agua que cala en las sociedades ha ido cambiando con el tiempo. Principalmente en los últimos doscientos años, caso de España, desde que a principios del siglo XIX se empezaron por primera vez a embotellar las aguas termales de balneario hasta que el agua mineral llega a erigirse en símbolo de lujo en la mesa de algunos restaurantes. Aquel origen de la industria de aguas minerales ya partía de un entorno de distinción. No todo el mundo podía permitirse una terapia semejante, ni siquiera una vez las aguas minero-medicinales pasaron a ser dispensadas dentro de las boticas. Salud física y económica iban de la mano. No han cambiado tanto las cosas en ese sentido.
Hoy la elección se centra en agua del grifo, filtrada y mineral. Entre las aguas envasadas, la mineral se considera un producto alimentario 100% natural, con unas propiedades que la distinguen del resto de aguas. Parte de una pureza original, al proceder de acuíferos subterráneos protegidos de la contaminación, presenta una composición mineral única y constante (especificada en el etiquetado) y es envasada directamente a pie de manantial en las mismas condiciones que se encuentra en la naturaleza. Son, por tanto, aguas puras y sanas a nivel bacteriológico sin tratamientos químicos, además de ser un recurso excepcional ya que representan el 0,03% de los recursos hídricos subterráneos de España. Esa composición concreta hace de cada agua mineral algo diferente. Que dos aguas no sean nunca iguales depende de factores como la permanencia, la temperatura, la profundidad y el tipo de subsuelo del acuífero.




