Las fuertes sequías y la inflación han disparado el precio del aceite de oliva y reducido su consumo, mientras que aumenta la demanda de otros aceites, como el de girasol, de maíz o de orujo
El aceite de oliva es uno de los ingredientes imprescindibles de la dieta mediterránea. Lo consumimos a diario para cocinar o en crudo, y están demostrados sus beneficios para la salud como grasa insaturada, tales como la disminución del colesterol o la protección de los lípidos de la sangre frente al daño oxidativo, ya que es una fuente de vitamina E. Es nuestro oro verde y somos el primer país productor del mundo. Sin embargo, en los dos últimos años el sector ha vivido una situación inédita, ya que nunca antes se habían encadenado dos campañas de producciones tan cortas. Una situación provocada por la crisis climática, con una profunda sequía y episodios de calor extremo. “El recorte de nuestra producción ha generado una enorme tensión en los mercados a lo largo de estos dos años, por el desequilibrio entre la oferta y la demanda, que se ha trasladado a los precios. Tenemos, pues, un escenario especialmente complejo, con bajas disponibilidades de producto, unos mercados en los que el consumo se mantiene fuerte y unos precios históricamente altos” resume Teresa Pérez Millán, gerente de la Interprofesional del Aceite de Oliva Español.




