Las historias con tradición, gustan. Arraigo, raíces, vinculación…, en definitiva, sentimiento. Esto es lo que buscan los consumidores de hoy en día. Los productos tienen que tener alma; y, sin lugar a dudas, el Lambrusco la tiene. Común entre los paladares, pero gran desconocido a su vez, muestra su corazón humilde en mesas de alta alcurnia. Con un gran pasado, datado en la época de griegos y romanos, de carácter familiar y popular en las ‘osterie’ (tabernas) italianas, fue un vino estimado en sus inicios por sus propiedades medicinales, e incluso sirvió como moneda para el pago de aranceles en el siglo XV, además de ser bendecido en mesas de Papas, elogiado por monarcas y aliado en las batallas. La fuerza histórica milenaria y la calidad que brinda el Lambrusco hacen que sepa labrarse muy bien una posición en el ‘ranking’ de los grandes vinos, y el elogio de los consumidores.
El Lambrusco ha experimentado una gran evolución. Hoy, su nombre da cobertura a una serie de vinos con la misma personalidad, pero con matices que diferencian y caracterizan a cada uno de ellos. Se trata de vinos jóvenes, con un ‘bouquet’ entre afrutado y floral, diversas tonalidades entre el rosado y el rojo rubí, que muestran una agradable acidez y una moderada graduación alcohólica. Vinos fáciles de beber y de maridar, ya que son ideales desde los entrantes hasta los postres; recomendándose una temperatura de servicio entre los 12 y 14 ºC para poder apreciar sus fragancias. Además estos vinos gozan de su nombre italiano y de un buen precio como valores añadidos. De hecho, el Lambrusco ha superado todas las previsiones de venta en estos años de difícil coyuntura económica. Pero, no sólo es el vino más comercializado en sus mercados nacionales, el mundo entero se ha hecho eco de su resonar, y ha llegado a ser el más vendido, siendo España uno de sus principales mercados dentro de la Unión Europea.

 

 

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