Es uno de los mejores hoteles de la generación de establecimientos de gran categoría inaugurados en la última temporada. Pertenece, además, a esa estirpe de hoteles que no se anticipan, que no se exhiben con premura ni se pavonean desde la distancia sino que prefieren ocultarse para hacer suyos el factor sorpresa, para provocar un inevitable ‘oh’ de admiración. Como las pequeñas grandes joyas, como los hoteles de lujo más sutiles.Porque el lujo “discreto” de Can Faustino, como en él así lo llaman sin darle demasiada importancia, se mide en realidad por elevación al tener el valor de las buenas maneras y la “escala humana” tan apetecible en estos tiempos en los que el viajero -con o sin tantos posibles- busca una conexión con el entorno, un hilo conductor que le haga asimilar mejor el destino al que ha viajado y un lugar que no le haga sentirse en una fortaleza inexpugnable sino en una suerte de embajada de sus mejores prestaciones. La cada vez más buscada isla de Menorca y la siempre encantadora Ciutadella tienen en el hotel Can Faustino uno de esos rincones especiales. Un hotel ejemplar.
La idea de dar proporción a este palacio del siglo XVII situado en el casco histórico de la ciudad y orientado al antiguo puerto corrió a cargo del grupo inversor francés Mare e Terra, con Laurent Morel-Ruymen como miembro fundador, propietario del hotel y autor de la siguiente reflexión: “Can Faustino es sobre todo una casa que toca el corazón, ya que invita a soñar. El sueño de tener a unos amigos como invitados”. Residencia a escala humana, decíamos. Hacer que el huésped se reencuentre con el patrimonio menorquín en forma de un hotel con encanto y, con ello, mejorar el concepto del turismo a todos los niveles -incidir en la calidad y no tanto en la cantidad- fueron los objetivos de partida. Adentrarse en este hotel de cinco estrellas, incluso durante el periodo de rodaje tras su inauguración en la primavera del año pasado, confirma que se han cumplido con creces.
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