No hay vuelta de hoja. La salud es lo primero. Obviedades, aparte, parece que los consumidores de este siglo la han puesto aún más en el vértice de la pirámide. Al menos la preocupación por ella se halla en el candelero.El vertiginoso ritmo de vida, que puede llevar a un desequilibrio en la dieta, unido a factores como el sedentarismo o el estrés han creado tendencia en perseguir un estilo de vida saludable, donde la alimentación desempeña un papel fundamental. El bienestar y lo saludable han venido para quedarse, como se suele decir. En este marco, nuestra industria alimentaria ha sabido y sabe salir al paso de las demandas del mercado, y así se presentaron los llamados alimentos funcionales, que con buenas cuotas de mercado, su futuro goza de buena salud.
El origen de este tipo de alimentos hay que buscarlo en Japón cuando se introdujo un nuevo concepto de vida y de alimentación, que mejoraba la calidad de vida y reducía el riesgo de contraer enfermedades, con el fin de disminuir el gasto sanitario, según establece un Estudio sobre Alimentación Funcional realizado por Symphony IRI Group en su día. En Europa, también se ha fomentado el desarrollo de estos productos, y en España, la alimentación funcional ha alcanzo un cierto nivel de madurez y forma parte de la cesta habitual de la compra, aunque siguen apareciendo nuevos segmentos que responden a necesidades concretas del consumidor.
¿Qué son los alimentos funcionales? Conforme el citado estudio, son aquellos alimentos que, además de destacar por sus propiedades nutritivas, contienen elementos que, consumidos en nuestra dieta diaria, contribuyen a mantener o mejorar nuestro estado de salud y bienestar. Los nutrientes que confieren a un producto la etiqueta de funcional, han estado siempre presentes en la naturaleza, pero es en las últimas décadas cuando se están analizando sus propiedades y beneficios, incorporándolos a alimentos que naturalmente no disponen de ellos.
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