Con lenguaje evolutivo

Quizá una frase apropiada podría ser: “Ganas de comerse el mundo”, mundo que a su vez hace degustar a la clientela este todoterreno de la hostelería como a él le gusta definirse, para comenzar a presentarles a Miguel Álvarez, tercera generación de hosteleros, y director general del restaurante De Labra. “Un local que nace con la idea de hacer un complejo gastronómico en el que la innovación sea el punto fuerte”, puntualiza Miguel durante el transcurso de nuestra agradable conversación. De hecho, ese carácter innovador se materializaría desde sus inicios contando en su oferta con una zona de ‘teppanyaki’. “Esa zona de restaurante de cocina japonesa es la primera que se abrió en el norte de España hace doce años; somos pioneros en una plancha japonesa como la nuestra”, señala Miguel.
Precisamente de cambio y evolución se nutre el espíritu de De Labra y de Miguel. Una constante renovación que, como bien dice su anfitrión, es lo que lleva al triunfo continuo. “El éxito se puede presentar en algún momento de la vida, pero la cuestión es no bajarse del mismo, que no se pierda. Por eso cada día en el restaurante hay una tormenta de ideas; es un crecimiento constante y un afán por evolucionar en todos los aspectos, ya sea a nivel gastronómico, de servicio en general, de los eventos y banquetes que realizamos, en la decoración del local… Cuestiones éstas que varían cada año. Esa evolución es el motivo por el que me levanto todos los días”, manifiesta el director general de este establecimiento.
Nada pasa desapercibido en De Labra, ni tan siquiera su nombre ni su ubicación. Enclavado en “una finca de 14.000 metros cuadrados, de los cuales hay 6.000 construidos, -como apunta Miguel Álvarez-, y rodeada por una muralla del siglo XIX y jardines bicentenarios; en ella hubo un palacio que tenía por dueño a Rafael María De Labra, que fue embajador de España en Cuba en 1850, y uno de los primeros luchadores contra la esclavitud. Durante la guerra civil, el palacio fue derribado, y en el año 1975, mis abuelos compraron la finca a sus herederos. Rafael María De Labra fue un personaje memorable que hizo mucho bien durante su época, por eso decidimos que el restaurante llevara su apellido”.

 

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