La viticultora Gloria Negrín desarrolla un proyecto en La Gomera elaborando vinos con esta variedad endémica ancestral y sacándolos fuera del archipiélago
Gloria Negrín es de esas mujeres con brillo en los ojos, pasión contagiosa y excelente profeta en su tierra, La Gomera. Es feliz en su isla, con la guitarra a cuestas, entre viñedos y vecinos que la aprecian tanto como a su padre, Don Antonio, apodado Pribilo. Su idilio con el vino nació mucho antes de ella saberlo, pues es la cuarta generación por ambas partes de la familia dedicada a la elaboración de vino. “Todos, en mayor o menor medida, se dedicaban a la viña. Todo el mundo tenía un pedacito para elaborar su propio vino, porque aquí no llegaba; no tenían la opción de comprarlo. Antes, con un pedacito de viña, con que te diera para el gasto de la casa, era suficiente. Y salía de aquella manera, oxidado. Yo creía que esa manzana pasada era normal (ríe)”. La bodega Altos de Chipude nace con la finca Rajadero, de una hectárea y a 1.253 metros de altitud en el corazón del Parque Nacional de Garajonay; una finca por la que su padre migró a Venezuela en 1955, mientras mandaba dólares para que los abuelos de Gloria plantaran allí las viñas de forastera gomera; una variedad ancestral, con más de 500 años de antigüedad.
Cuando don Antonio regresó a La Gomera para forjarse allí un futuro, ya producía una pequeña cantidad de vino que resultaba excesiva para su propio consumo. En los años sesenta, en las fiestas de Chipude, el pueblo natal de Gloria, decidió montar un ventorrillo, “pero mal hecho, con dos bidones de doscientos litros y dos tablas, para vender carne de cabra, de cochinito frito, la carne de fiesta, y sacarse unas perritas con las que vender el vino”. Ganó unas 40.000 pesetas y pensó que sería una buena forma de vender su producción. Inicialmente trató de vender la uva en una bodega insular, pero debía ir seleccionada. “Mi padre hacía vino del país a granel, la mezclaba toda. Le daba igual que tuviera color o no. No se dese-chaba nada. Aprendió de su padre y de su abuelo, y le rezaba a San Andrés”. Ya en los años setenta, cuando nació Gloria, abrió el bar Candelaria con el fin de vender su vino, y lo mantuvo hasta que, por motivos de salud, lo cerró en 2014. Para Gloria, enterarse de que su padre iba a abandonar la finca Rajadero fue “igual que si me hubieran dado una mala noticia, me entró dolor de estómago”. Su padre pensó que su hijo varón continuaría con el legado vinícola pero fue ella, la única de sus cuatro hijos, la que decidió no abandonar el campo, por amor a su padre y a sus raíces. “Todo esto lo mueve el amor. Yo no tenía ninguna necesidad porque, para hacer rentable el proyecto, se necesita mucho dinero y medios”.




