Tan complejo y entusiasta como el país mismo, el ‘whisky’ americano nació con épica y aventura. Buenos productos es la máxima. Bueno y bonito por dentro, y también por fuera. Así debe ser. Coronado además por la calidad, aspecto al que la sociedad del siglo XXI no está dispuesta a renunciar.
Hasta el nacimiento de la nueva nación se bebía en Norteamérica sobre todo ron, procedente de las colonias británicas en el Caribe. Pero al perder Gran Bretaña el control sobre su colonia norteamericana cerró el comercio entre ésta y sus todavía vigentes dominios caribeños.
Por tanto las melazas dejaron de llegar y hubo que buscar alternativas.
En aquellas décadas, llegaron a Estados Unidos multitudes provenientes de Europa en busca de fortuna. Poco a poco se establecieron y encontraron grandes extensiones de tierra cultivable.
Entre sus enseres llevaban, por supuesto, alambiques con los que destilar el excedente de la producción de cereales. Y como centeno era lo que sobraba, centeno destilaron.
Aquellos primeros ‘rye’ eran ásperos y rudos, una bebida para hombres heroicos, que se hizo muy popular entre mineros, vaqueros y colonos…
Estos primeros ‘whiskeys’ eran, además, moneda de cambio para conseguir armas, tejidos, azúcar…
Con empeño se establecieron y progresaron.
Pronto los términos se invirtieron y el ‘whiskey’ pasó a ser el producto principal, relegando al comercio de cereales a segundo plano.
Para esta incipiente industria eran días de gloria: los pioneros cultivaban la tierra, los cereales crecían, y el ‘whisky’ se refinaba y se vendía muy bien.
Pero en 1791, George Washington sacaba adelante los impuestos que grabarían el ‘whiskey’ imitando a los que existían en Europa.
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