Toda disciplina artística o no, necesita de una persona pionera, alguien que ponga los primeros granitos de arena para que ésta se desarrolle hasta límites insospechados en su momento. Jerry Thomas, el considerado padre de la ‘mixología’ moderna, lo ha sido para el mundo de la coctelería. 1862 Dry Bar, establecimiento situado en pleno barrio madrileño de Malasaña, en la calle del Pez, le debe mucho al apodado como “profesor” en el siglo XIX, pero no sólo por su buen hacer coctelero. El año que aparece en su nombre es un hito histórico para muchos, ya que en 1862 se edita el primer libro de coctelería, escrito por Thomas. Primero llamado “Bartenders Guide” y después conocido como “How to Mix Drinks” o “The Bon Vivant’s Companion”, el manual escrito por el barman americano recopila recetas y las ordena por familias, pero también explica cómo tiene que ser un bar, o cómo organizarlo y saber atender al cliente. Si además tenemos en cuenta que este local se sitúa en un edificio protegido cuya placa rezaba “Construido en 1862”, vemos que su nombre no podía ser otro. Abierto el 1 de mayo de 2012, ahora mismo se encuentra celebrando su cuarto aniversario y presenta nueva carta de cócteles, de la que hablaremos posteriormente. Alberto Martínez es su dueño, junto con otro socio. Ingeniero de formación, empezó a flirtear con la coctelería, aunque ya se interesó antes a través de la lectura y las visitas a coctelerías históricas de Madrid, en una tienda de ginebra y vodka situada justo en frente de su actual bar. Allí, además de vender el género, también preparaban algunas recetas. Cuando se quedó libre el local al otro lado de la calle, no se lo pensó dos veces. Desde el minuto uno sabían lo que querían conseguir con 1862 Dry Bar: “Tenía claro que quería hacer coctelería clásica, porque es lo que me gusta y es lo que sabía hacer. Además, el diseño es una decoración un poco imitando a los antiguos hoteles lujosos, con lámparas de araña, paneles en las paredes y espejos grandes. Aunque había que darle un puntito de modernidad y de menos lujo”, explica Alberto. La gran altura de los techos del local les ofrecía un sinfín de posibilidades.




