La cocina de María Marte transmite. Sabe hacer llegar la pasión con la que ha sido realizada, hace sentir, emociona y produce cercanía, la misma que desborda la propia chef. Lo dicho, sirva de entrada. El plato fuerte viene después, asomándonos a la trayectoria de una niña que nació para cocinar, lo que el tiempo se ha encargado de ratificar. Una historia, la de María Marte, que conmueve. Como sacada de un cuento de hadas, pero con grandes dosis de realismo, porque María es una mujer con los pies bien firmes en el suelo, de sangre caliente y alma de luchadora, ya que como ella misma me dice durante nuestra agradable charla “la pasión mueve montañas. Si te gusta lo que haces, el camino es más llevadero. Cada día trabajo y cocino con el corazón”.
Un relato lleno de dedicación, esfuerzo, constancia, y sin flaquear ni un momento en su empeño de hacer del mundo culinario su profesión, lo que viene a poner de manifiesto, una y otra vez, que el trabajo bien hecho y la perseverancia nunca se olvidan de conceder sus dulces frutos. María, los ha conseguido. Ya lo creo, que sí.
María llegó a Madrid hace ya doce años, en el año 2003. Casi con su maleta en mano, procedente de La República Dominicana, su tierra natal, fue a instalarse en un prestigioso restaurante de la capital llamado El Club Allard, enclavado en un edificio de corte modernista en el número dos de la calle Ferraz, que se caracteriza por sus agradables y amplios ventanales, sus lujosas lámparas, sus altos techos, y un ambiente refinado, acogedor y tranquilo, que hacen que el comensal se sienta mimado y sea receptor de un exquisito trato, el que sabe dispensar todo el equipo de sala, capitaneado por su directora Luisa Orlando.
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