No sirve darle vueltas. El interés transforma todo. Sin pasión nada es lo mismo. “Estudiaba filología inglesa en Oviedo, pero llegó un momento en el que no daba un palo al agua. Pensé que tenía que buscar algo que realmente me llenara, y lo que me gustaba era comer y beber; por eso me decidí por la cocina”, me confiesa una joven promesa de la cocina, Samuel Fernández, que ya capitanea su propio barco gastronómico en un encantador pueblecito cántabro, Ruiloba, su lugar de nacimiento, junto a su esposa Caterina Santucci, desde hace cuatro años. Esa afición por el buen yantar, hizo que un día Samuel se enrolase en la escuela de hostelería del pueblo asturiano de su padre, Morada de Aller, y más tarde en la escuela de la capital asturiana. Con su bagaje formativo, emprendió rumbo a afrontar la parte práctica de la profesión a la que se quería dedicar. Trabajó con figuras de la cocina como los chefs Pedro Martino, Martín Berasategui, y con el gran pastelero Miguel Sierra, que entre sus numerosos galardones se encuentra el de Mejor Maestro Artesano Pastelero de España. No se conformó con el aprendizaje que estaba recibiendo en su país y dio el salto al ‘bel paese’ adentrándose en las cocinas de restaurantes con Estrella Michelin. Entró en la cocina del Uliassi, en Senigallia, provincia de Ancona, bañada por el mar Adriático. Más tarde se marchó a un pueblo cercano a Roma, Zagarolo, instalándose en la cocina del chef Adriano Baldassarre. Quizá por la morriña de su tierra, Samuel, volvió a Cantabria para pasar un año en el Cenador de Amós con el chef Jesús Sánchez, para dirigir de nuevo sus pasos al país transalpino, directo a la ciudad eterna. En Roma trabajó en los restaurantes Inopia y Il Pagliaccio, con el chef Anthony Genovese. Entre Roma y Nápoles, en Circeo, trabajó en el restaurante La Stiva. Pero fue en el restaurante Inopia donde halló algo más que un complemento a su formación culinaria, encontró el amor de la que hoy es su esposa, Caterina Santucci, que también estaba realizando prácticas en el local. Una fructífera relación que ha dado lugar al restaurante El Remedio, un encantador establecimiento en Ruiloba, en un paraje que igualmente alimenta a los sentidos.
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