Bodegas Miradorio, el tesoro vinícola de Cantabria

La bodega es un proyecto familiar nacido en 2013 con el objetivo de recuperar la viticultura cántabra del siglo XIX y poner en valor sus productos, elaborando unos vinos bajo la Indicación Geográfica Protegida Vinos de Cantabria como Mar de Fondo y Tussío, de los que ha presentado recientemente la añada de 2022. Miradorio apuesta por el enoturismo y en sus instalaciones ha construido un ‘wine bar’ para degustar la esencia de la región

En un lugar de Cantabria, de cuyo nombre sí quiero acordarme, el municipio de Ruiloba, parafraseamos a Miguel de Cervantes en su obra “El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, porque ilustre es el proyecto familiar que me dispongo a contarles. 

Nacido hace diez años como un sueño del matrimonio formado por la donostiarra Esther Olaizabal y el tolano Gabriel Bueno, la idea no se hizo esperar en tomar cuerpo para convertirse en la realidad tangible que es hoy, fraguándose su historia en el tiempo repleta de alma, pasión y grandes dosis de empatía social y amor por una tierra. Eso es, a grandes rasgos, Bodegas Miradorio.

Pongámonos en situación. San Sebastián y el mar Cantábrico como escenario, el placer de encontrarse alrededor de una mesa presidida por una botella de ‘txakolí’, como no podía ser de otra manera, y ante la contemplación de los viñedos de Getaria (Gipuzkoa), sus mentes tomaron un decisión: montar una bodega para replicar el concepto de vinos atlánticos en Cantabria y dotar al territorio del dinamismo vinícola que antaño tuvo, olvidado desde el siglo XIX a causa de la filoxera. Pero éste no fue el único ‘leitmotiv’. Por aquel entonces, el año 2013, la crisis financiera que asolaba el mundo, también les hizo reinventarse y sobre todo para continuar a dar empleo a las personas que trabajaban en el negocio que tenían, una empresa de jardinería y construcción. Si se habla de sostenibilidad, Miradorio es una gran muestra de ello. 

Una bodega erigida en una nave de la empresa de jardinería y construcción que poseían, y con las propias manos de la familia Bueno Olaizabal extendida al hermano de Esther y la esposa del mismo, junto con la sabiduría de Raquel, la enóloga que ha puesto en marcha la visión empresarial de la anfitriona donostiarra elaborando unos vinos que lucen el sello de la Indicación Geográfica Protegida (I.G.P) de la Costa de Cantabria.

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